
EL TAMANY SÍ QUE IMPORTA
Grandes monstruos, monstruos grandes
Según el documentalista holandés Daniel Van Reenen, leemos en la apócrifa carta inglesa de Voltaire, escrita entre la sexta i la séptima siguiendo el orden al uso, una anécdota sobre el explorador cuáquero John Winston. Winston, enviado a Barbados por orden real, atestigua haber visto morir a varios de sus compañeros de expedición en una telaraña gigante, del tamaño, según sus palabras, “de la Gran Campana de Westminster”.
En la correspondencia privada de Cristián VI se habla del misionero danés Hyde Nelson, respetado padre de familia de lo que hoy se conoce como Højbro Plads, en Copenhague. Según las cartas, Nelson se rompió las dos piernas al caer dentro de “algo semejante a un pozo escavado en la playa”, en Guayana. El porteador de Nelson aclaró, aunque en akawaio, que aquel orificio no era un pozo, que era una huella.
Según escribe el marinero francés Jacques Lacán en el manuscrito inédito “Yo morí en el canal de Otranto”, la armada austro-húngara contó durante el año 1917 con la inestimable ayuda de las bestias abisales. Lacán recoge en su texto el testimonio de diversos compañeros que mantenían haber visto la forma de algún tipo de calamar gigante, de la longitud de dos submarinos alemanes, uno detrás del otro.
Como se puede observar en la exposición “Grandes monstruos, monstruos grandes”, prohibida reciente y curiosamente por el Nuevo Régimen Cuáquero, los artistas gráficos Joan Ignasi Alonso, José Miguel Álvarez, Toni Benages i Gallard, Garcés, Marta Anaïs García Hermosilla, David Mas Herrero y Juan Rubi Dkillerpanda dan fe de la existencia de algo más, algo más grande de lo habitual, más sucio, más peludo, con tentáculos más enormes de lo común, o escamas más duras que el acero, o patas con pelos del grosor del un cable de alta tensión, o con aliento de fuego.
Véanlo. Léanlo en la prensa.
En la correspondencia privada de Cristián VI se habla del misionero danés Hyde Nelson, respetado padre de familia de lo que hoy se conoce como Højbro Plads, en Copenhague. Según las cartas, Nelson se rompió las dos piernas al caer dentro de “algo semejante a un pozo escavado en la playa”, en Guayana. El porteador de Nelson aclaró, aunque en akawaio, que aquel orificio no era un pozo, que era una huella.
Según escribe el marinero francés Jacques Lacán en el manuscrito inédito “Yo morí en el canal de Otranto”, la armada austro-húngara contó durante el año 1917 con la inestimable ayuda de las bestias abisales. Lacán recoge en su texto el testimonio de diversos compañeros que mantenían haber visto la forma de algún tipo de calamar gigante, de la longitud de dos submarinos alemanes, uno detrás del otro.
Como se puede observar en la exposición “Grandes monstruos, monstruos grandes”, prohibida reciente y curiosamente por el Nuevo Régimen Cuáquero, los artistas gráficos Joan Ignasi Alonso, José Miguel Álvarez, Toni Benages i Gallard, Garcés, Marta Anaïs García Hermosilla, David Mas Herrero y Juan Rubi Dkillerpanda dan fe de la existencia de algo más, algo más grande de lo habitual, más sucio, más peludo, con tentáculos más enormes de lo común, o escamas más duras que el acero, o patas con pelos del grosor del un cable de alta tensión, o con aliento de fuego.
Véanlo. Léanlo en la prensa.













